Kintsugi: la belleza de las cicatrices

Existen personas con una capacidad especial para dejar caer cualquier cosa que se les ponga entre las manos. Ya sea por falta de atención, interés, o porque no valoran lo que poseen, lo que pasa por sus manos acaba cayendo e inevitablemente se rompe.

La misma capacidad tienen con los sentimientos ajenos. Sin mucho interés los albergan mientras les son de utilidad, hasta que un día sus manitas de árbol separan las ramas y estos caen, sintiendo el duro golpe de la realidad, y quedando poco más que un corazón hecho añicos.

Como ya explicaba Freud en su artículo «Duelo y melancolía», cualquier suceso más o menos traumático hace que nuestro sistema nervioso quede temporalmente desorganizado y necesita de un período de duelo para recuperar el equilibrio. Él habla de cicatrices emocionales que nunca desaparecerán aunque después del periodo de duelo, saldremos reforzados y habremos crecido tras pasar la prueba.

Parece que tenemos más en común con los objetos de lo que pensamos. En cualquier momento nos convertimos en un montón de piezas sin orden aparente que parece que no podrán volver a conformar algo con cierto sentido. Por suerte, también hay siempre alguien que te explica que esas piezas no sólo pueden volver a juntarse sino que además en las cicatrices resultantes reside una gran belleza.

En mi caso, ese sabio no se llama Freud sino Miguel, y me dio a conocer el arte japonés del Kintsugi o la belleza de las cicatrices.

El Kintsugi (que en japonés significa carpintería de oro) o Kintsukuroi (reparación de oro) proviene del siglo XV y es el arte japonés de la reparación de fracturas en la cerámica con resina espolvoreada con metales preciosos, normalmente oro, plata o platino.

 

Su filosofía plantea que las roturas y reparaciones del objeto forman parte de su historia y deben ser mostradas en lugar de ocultarlas, ya que esas cicatrices embellecen el objeto.

El Kintsugi es un manifiesto silencioso que añadiendo oro a la fractura la convierte en una joya. El objeto roto pasa a ser un poderoso gesto gráfico que muestra el poder de la transformación.

Mediante esta técnica la cerámica no sólo se repara, sino que las grietas pasan a ser la parte más fuerte de la pieza, haciéndola más resistente. Para ellos una vasija rota y reparada mediante la técnica del Kintsugi tiene mucho más valor que una que nunca se ha roto.

Este arte está relacionado normalmente con los recipientes usados para el chanoyu, la ceremonia tradicional japonesa del té.

Existen 3 tipos de Kintsugi en función de cómo se realice la reparación:

 

  • Grieta. Se usa la resina con polvo de oro para unir las piezas rotas añadiendo el mínimo de relleno a las piezas que faltan.
  • Piezas. Cuando un fragmento de la cerámica se ha perdido, se utiliza la adición del compuesto de laca y polvo de oro para sustituirla
  • Convocatoria conjunta. Cuando un fragmento perdido se reemplaza por otra pieza no coincidente de forma y tamaño simlar y es unido con el mismo compuesto

 

Históricamente, esta técnica aparece a finales del siglo XV cuando el shögun Ashikaga Yoshimasa quiso que artesanos japoneses arreglasen algunas de sus piezas favoritas que habían sido mal reparadas en China. Desde aquel momento esta nueva técnica obtuvo un gran éxito y hasta día de hoy sigue utilizándose no sólo en ,Japón, China, Vietnam o Corea, sino que ha servido de inspiración para muchos artesano y artistas en Occidente.

Entre los ejemplos que más me gustan se encuentra Tomomi Kamoshita, la artista de la cerámica asentada en Tokyo que recupera trozos de cerámica que encuentra en el mar, y los combina con piezas propias, creando auténticas obras de arte. Kamoshita declara que «aunque el mar puede quitarnos muchas cosas, también podemos beneficiarnos de él».

Además de muchas otras piezas de cerámica, utiliza estas piezas recogidas del mar para crear estos reposa cubiertos que son piezas únicas.

 

«El mundo nos rompe a todos, y luego algunos se hacen más fuertes en las partes rotas» Hernest Hemingway

 

Aunque estas pequeños trozos de cerámica podrían contarnos distintas historias de cómo llegaron hasta la costa (quizás cayeron de un barco, o fueron recuperadas tras un tsunami), la artista ve en ellas el futuro, el revivir. «Muchas de ellas, pulidas por las olas y la arena aún conservan sus vivos colores».

Las piezas de color rosa son las que ella añade al reposa cubiertos, reconociéndolas como la metáfora de las flores de almendro que vuelven a la vida cada primavera.

 

Echadle un vistazo el Instagram de  Tomomi

Otra obra que nos llama la atención es la interpretación del Kintsugi que hace Charlotte Bailey con sus jarrones. En este caso la artista no utiliza pegamento de ningún tipo sino que envuelve el jarrón con trozos de tela para después coser unas a otras con hilo de oro. Aunque el jarrón deja de ser funcional el resultado estético es genial.

 

Más información de la obra de  Charlotte

Y parece que esta técnica ha llegado también a las paredes. Como ejemplo me gusta la intervención realizada en los azulejos del restaurante Anahi en París. A la hora de redecorar el local, se pretendió respetar la esencia del anterior restaurante ubicado en el espacio. Para ello, las baldosas rotas de algunas de las paredes se rellenaron con cobre, haciendo un guiño a la antigua técnica del Kintsugi y encajando perfectamente con el estilo vintage del resto de la decoración

 

Pide para  cenar

Desde luego es toda una ironía esta técnica/filosofía en esta  época en la que vivimos donde absolutamente todo es de usar y tirar.

Miguel y yo nos quedamos con la filosofía asociada al Kintsugi llamada mushin, que nos habla de los conceptos del no apego, la aceptación del cambio y el destino como aspectos de la vida humana. Y tú, ¿qué lectura sacas?

 
firma-pilar

Adicta a las siestas.

 

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