El Cabrón de laphille: Dos cervezas, 1200 euros

Supongo que sobran las presentaciones ya que no estoy dispuesto a lapidar mi intimidad. La gente de lafil o lapille—yo tampoco sé cómo se dice— me sugirieron esto de ‘el cabrón’ el día que nos conocimos platicando con unos municipales muy leídos cerca de la calle Montera de Madrid. Si nos ponemos eruditos y paramos en la RAE, encontraremos que la primera acepción se refiere a cabrón como: «Persona que hace malas pasadas o resulta molesto». Yo, sinceramente, no tengo intención de molestar a nadie. Entre las múltiples definiciones me gusta la tercera: «Dicho de una persona experimentada y astuta». Este adjetivo, de uso coloquial en Cuba y México, me gusta mucho más. Pero bueno, dejemos que el tiempo decida qué tipo de cabrón soy o puedo llegar a ser.

Volviendo a la otra noche, caminaba yo sin rumbo por el centro de Madrid cuando di a la calle Montera. Bajar Montera siempre es bastante entretenido. Uno puede sentirse como un esquiador alpino haciendo eslalon entre las prostitutas y los turistas empapuzados de cerveza barata mientras unos anunciadores compran oro y otros venden comida barata. Todo ello, al calor de la comisaría de la policía local, situada entre tiendas de tatuajes cual atalaya de la rectitud y el saber estar.

No muy lejos de dicha comisaría me crucé con dos individuos uniformados mientras hablaban con otros dos individuos no uniformados. El tono altivo de los primeros, por encima del bien y del mal, dejóme claro que se trataba de un escuadrón de policías haciendo su trabajo. Por mera curiosidad científica me puse a observar la situación a una distancia prudencial.

Tras unos minutos y mucha dialéctica por ambas partes, me enteré de que los agentes habían multado a Víctor y Sergio por beber una cerveza en la vía pública: 600 euros por lata. Quise disuadir a los agentes de tal despropósito apuntándoles que, a unos cuatrocientos metros, hordas de chavalería sin el civismo muy desarrollado se dedican a beber alcohol en cantidades ingentes, y todo en la vía pública. «Usted a lo suyo. ¿O quiere que le multe también?», me espetó el poli malo.

Es curioso, cuando la autoridad va en parejas y se pone a trabajar, siempre hay un poli bueno y un poli malo. A veces la diferencia entre uno y otro es sutil. Puede ser simplemente un entrecejo iracundo contra otro más dócil; una soberbia desbordada contra una contenida; un uso del lenguaje autodidacta y otro llanamente teórico. Eso sí, el absurdo suele ser común denominador.

Al final, venció la ley. Tras algún adjetivo cariñoso saliendo de sus bocas calle abajo, comencé a charlar con Víctor y Sergio. No sé si fue su beodo estado o que simplemente les caí en gracia, pero enseguida se mostraron entusiasmados porque colaborase en su página. «Necesitamos alguien como tú en la web para hablar de las verdades de la vida», dijo Víctor. Normalmente hubiera empleado alguna cariñosa fórmula para seguir mi camino, pero sentí que aquel encuentro había sucedido por algo.

Acepté. Les regalé el privilegio de elegir mi papel en laphille a cambio de mi intimidad. Quizás piensen que prefiero mantenerme en el anonimato para evitarme enemigos, pero ya dije al principio que no es lo que pretendo. Solo estoy de paso para ver qué pasa. A fin de cuentas, cada día que amanece en este país, uno puede encontrar decenas de historias increíbles que contar.

 

firma-cabronEl Cabrón de laphille
¿No le acorta la vida
tomar tanto soma?

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