Eres lo que no comes

Hace unas semanas hice planes del último minuto para quedar con un amigo. Saliendo del trabajo me dio por escribirle y proponerle unas cañas y a lo mejor unas ricas tapas (menuda novedad, no?). Fue una serie de eventos completamente banal que sólo tiene importancia por su aparente carencia de la misma.

Tenía hambre, como siempre, y ganas de algo fresquito, y sabía que tendría la solución entre manos en un santiamén.

No habíamos considerado la posibilidad de llegar al bar y que no hubiese tortilla, que no llegara el pan, que pudiésemos enfrentarnos al horror de no poder zampar un plato de huevos rotos que siempre estaría a nuestra disposición como el más fiel mayordomo. En fin, damos por hecho la gran variedad y rapidez de comer fuera, cuando no hace falta más que mirar a tu alrededor para ver que no hace tanto que la gente no disponía de la abundancia de la que disfrutamos hoy en día.

Hablando con la gente que vivía la posguerra, escuchas historias que resumen la gravedad de la vida cotidiana. Una mujer manchega quien de pequeña vino a Madrid me contó como se acuerda de ver a su abuela en casa de un tío metiendo judías en su delantal a escondidas para darle de comer a su hija. Otro que se acuerda de comer garbanzos, un día tras otro, o lentejas de mala calidad porque no se tiraba ni un gramo de comida. Ahora la mera idea de comer lo mismo incluso dos días seguidos nos parece completamente criminal, cuando durante la mayoría de la historia ha sido una práctica muy común.

No voy a iluminar a nadie diciendo que la época de la posguerra en España fue un tiempo marcado por la pobreza, el aislamiento y el sufrimiento. Este artículo tampoco pretende ser un estudio antropológico, pero no hace falta tener la mente de Charles Darwin para ver la “evolución” drástica de los españoles desde el franquismo.

 

Cuando llegué a España me acuerdo de tener una sensación de ver por encima de la gente. Tampoco soy tan alto (183cm por la mañana), y aunque una búsqueda rápida en internet te dirá que la estatura media de los hombres españoles es superior a la de los americanos, me sentía como un gigante entre la generación de mis abuelos o incluso mis padres. No lo sabía entonces, pero he llegado a entender que no era nada menos que una manifestación física de los efectos de la guerra civil española y subsecuente franquismo.

 

A finales de los 50, España y Portugal eran los países más pobres de Europa, y como no es de extrañar, los que tenían y siguen teniendo la estatura media más baja. Es verdad que hoy en día, se sigue viendo en la diferencia de altura entre los países europeos, pero gracias a un cambio en la política exterior entre otros factores, la alimentación en España se fue mejorando incluso más con el Plan Nacional de Estabilización de 1959. Pero esta época se ha grabado en las memorias y en los cuerpos de la gente que lo ha vivido.

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Cupón de aceite

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Imagen cotidiana

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Cartilla de abastecimiento

A veces me encuentro frustrado por comer “siempre lo mismo”, o entro en el supermercado y pienso “Qué exageración, cuántas opciones!” En estos momentos tendría que recordar lo que realmente significa comer lo mismo todos los días, y dar las gracias por la multitud de opciones que tengo que me aportan una alimentación más completa.

Si pido merluza en el menú y me dicen “no me queda”, sé que mañana habrá, y que tampoco me puedo quejar por comer pollo asado, ya le habría gustado a cualquiera durante la posguerra. Así que cuando se acerca el camarero a la mesa donde estoy sentado con mi amigo esperando esa caña helada, no importa la tapa que la acompañe, si a mí me han enseñado que a buen hambre, no hay pan duro.

 

firma-DerekDerek Stieren
Portador de Apetito
Americano.

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