Velocidad

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Cuando murió  mi hermano, yo tenía nueve años y él catorce. Murió de una forma impropia de su juventud. Rápida sí, una vez  establecido el diagnóstico, pero desde el año anterior se había ido apagando, como si por un agujerito microscópico se le escapara la vida. Una tarde de agosto se lo llevaron al hospital y  ya no salió de allí. Recuerdo que ese año el otoño vino muy pronto, que apenas veía a mis padres y que al salir del colegio comía en casa de mi tía y luego  me recogía mi abuela. Apenas le vi dos veces antes de morir, y lo único que se me ocurría decirle en esos momentos era que podía chincharme todo lo que quisiera porque no me iba a chivar, sin embargo ya no le apetecía hacerlo.  El veintisiete de septiembre, mientras yo estaba en el recreo y unas niñas se asomaban a la calle para ver a un chico que se había muerto al chocar su moto con una camioneta, mi hermano se fue.  Al salir del colegio y ver las manchas de sangre que había dejado el motorista en la acera tuve un presentimiento. Esa tarde anocheció  antes de tiempo, y todo el invierno transcurrió en una especie de penumbra.

Mi hermano se me apareció de repente tres semanas después, íbamos en el coche de regreso a la capital desde el pueblo y al contemplar el paisaje le vi  fuera, en mi lado de la ventanilla. Llevaba unos patines y se adaptaba a la velocidad del auto: si corría mucho, él se deslizaba a igual velocidad y si aminoraba la marcha, mi hermano lo hacía también. Miré a mis padres y a mi otro hermano, pero ellos no parecían verle; decidí guardar el secreto. Era algo solo para mí ese hermano patinador que, estaba segura, nos cuidaba durante los viajes. En cuanto mi padre aparcaba, mi hermano desaparecía.  Patinaba con sol, lluvia, nieve y viento. Nunca me habló, ni siquiera me miraba, solo sonreía con la vista al frente.

Poco a poco fui dejando de verle, unos meses nos acompañaba, otros no, hasta que un día no se presentó. He pensado mucho en ello desde entonces, y he tratado de recrear su imagen, incluso a veces conduzco sin destino, pequeños  viajes a ninguna parte en los que deseo que aparezca deslizándose a mi izquierda, pero nunca lo hace.

Ya no sé cómo era el timbre de su voz, ni el olor de su piel, creo que en la parte de mi memoria donde guardaba su recuerdo solo hay una llanura donde sopla el viento a  toda velocidad.

 

firma-rosanaRosana Alonso
Nació, creció,
se reprodujo y…

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2 commentarios

  • Dominique Vernay Juillet septiembre 14, 2017   Respuesta →

    Ese viento que sopla es él. Un texto enorme. Un abrazo

    • Victor - laphille septiembre 14, 2017   Respuesta →

      Muchas gracias Dominique por tu comentario. Te lo agradecemos muchísimo y te mandamos un abrazo.

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