Orpheus: Un acercamiento a la voz de Scott Walker

Para todos a los que nos fue arrebatado ese bello don que es tener una buena voz cuando nacimos, existen momentos en los que bien por ocio, mero aburrimiento o incluso pura inspiración, soltamos aquello de «me encantaría cantar como…». Hay muchas voces únicas e indiscutiblemente formidables; luego, además, están las que nos atraviesan sin concesión. Aquí entran unas medidas totalmente personales, claro está. Dentro de mi lista no escrita de cantantes favoritos hay muchos que considero un regalo a cualquier amante de la música; y de entre ellos, están los que tienen esa voz que te hace pensar «qué increíble sería tener esa voz». Para mí, dentro de dos o tres nombres, hay uno que siempre me lleva a este pensamiento: Scott Walker.

¿Y quién diantres es Scott Walker? Algo así venía a preguntar David Bowie sin esperar respuesta en el documental que produjo sobre la figura del cantante norteamericano hace unos años. Quizás, muchos os preguntéis lo mismo ahora mismo. Es muy probable que Scott Walker sea uno de esos artistas a los que los calificativos de ‘esquivo’, ‘maldito’ o ‘sombrío’ se convierten en casi sinónimos cuando se leen cosas relacionadas con su nombre. Y es curioso, porque a mediados de los sesenta formó parte de uno de los grupos con mayores legiones de fans en el Reino Unido, The Walker Brothers. Pese a ser un trío proveniente de Estados Unidos, The Walker Brothers —que ni eran Walker, ni eran Brothers—tuvieron gran éxito y reconocimiento en las islas británicas gracias a su pop grandilocuente y orquestado revestido por la increíble voz de Scott Walker en primer plano.

 


 

Es un poco extraño que el estilo sofisticado de The Walker Brothers tuviera tanto éxito entre la juventud británica, o puede que no. Realmente eran tres chicos bien parecidos, hecho que unido a la temática amorosa de la mayoría de sus canciones, les hizo convertirse en algo así como los Back Street Boys de mediados de los sesenta. Sin embargo, los intereses de Scott Walker distaban bastante de ser uno de los mayores ‘Teen idol’ del momento, como comenzó a reflejar en sus primeras composiciones dentro de la banda como ‘Archangel’ o ‘Mrs. Murphy’.

Scott Walker, más interesado en las películas de Ingmar Bergman y los libros de Jean Paul Sartre que en las chicas que ansiaban llegar a él, unido a la irrupción de la psicodelia, tuvo la certeza de que el tiempo de The Walker Brothers llegaba a su fin. Sin esperar, en 1967 hizo su debut en solitario. ‘Scott’ tenía elementos que sonaban al grupo que le había dado fama, pero la temática de las canciones así como la influencia de Jacques Brel, de quien comenzó a adaptar al inglés parte de su repertorio, mostraban esa madurez que había estado latente durante los años previos. A éste siguieron otros tres álbumes titulados simplemente Scott 2, 3 y 4, pudiendo considerarse como su época dorada que terminó con el fracaso a comienzo de los setenta de Scott 4, disco que curiosamente es considerado por muchos como su gran obra.

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Evadiéndome un poco del rollito wikipédico del último párrafo volveré a David Bowie, y cómo, curiosamente, fue a través de él que descubrí a Scott Walker. En esos años poperos en los que Bowie era una de mis piedras angulares, me hice con el DVD del último concierto de la gira de Ziggy Stardust. En el repertorio, además de las perlas propias, Bowie hacía alguna versión de la Velvet o de los Rolling, solo había una canción que no conocía ‘My Death’. Por supuesto, la versión acústica de Bowie me enamoró, lo que me hizo investigar sobre de dónde había salido tal joya. Y ahí surgió ese nombre, Scott Walker. He de confesar que de primeras me fascinó su voz, pero no así la grandilocuencia de su música. No obstante, se notaba la influencia que tenía en la forma de cantar de Bowie —quien siempre lo reconoció— y así, poco a poco, fui embriagándome de sus canciones.

Aún hoy, creo que tanto The Walker Brothers como el primer Scott Walker, es una música que se disfruta más a sorbitos, algo así como tomarse una copa de un buen vino, en vez de tres botellas: por bueno que éste sea, la resaca puede ser jodida. Y digo ‘primer Scott Walker’ porque tras los setenta, su nombre cayó en el olvido hasta los ochenta, cuando resurgió con un estilo renovado que tuvo su culmen en su siguiente trabajo de 1995. ‘Tilt’ fue catalogado por muchos como ‘el primer disco del siglo XXI’. Hablar de esta parte de su carrera daría para otra pila de párrafos; prefiero recomendaros el documental al que antes hice referencia ‘Scott Walker: 30th century man’ para los que estéis interesados.

‘Orpheus’ fue una de las primeras canciones que me cautivó de este desconocido y singular artista. En la mitología griega se dice que cuando Orfeo tocaba su lira los hombres se acercaban a escucharle en busca de reposo para sus almas. No sé si la voz de Scott Walker podría equipararse a la lira de Orfeo, pero acercarse a sus melodías es descubrir un camino extraño y bello dentro de la historia del pop de los últimos cincuenta años. Es una experiencia que recomiendo a cualquiera.

 

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Sergio Alarcón
Y ahora si quieren bailar,
busquen otro timbalero.

 

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