Una tarde en el auditorio: Tchaikovsky y el orgasmo musical

Hay algunas cosas que están bien de ser pobre y dedicarse a la música. Para empezar, haces lo que te gusta y, normalmente, no existe un horario muy definido, lo que te permite hacer otro tipo de planes organizándote un poco. Por otra parte, al no tener mucho dinero, las preocupaciones respecto a éste se relativizan. Siempre pienso que si puedo pagar el alquiler y comer, el resto lo puedo guardar o bien emplear en pequeñas empresas. Por ello, cuando en octubre me sobraban unos pocos euros y leí por ahí: «Auditorio nacional, Tchaikovsky, concierto para violín, 20 de diciembre», no tardé mucho en actuar en consecuencia.

Porque dentro de la vasta historia de la música, existen algunas obras por las que tengo especial debilidad y el concierto para violín y orquesta del compositor ruso está entre una de ellas. No voy a entrar en cuestiones técnicas porque sobre todo, y más tratándose de música clásica, soy un mero aficionado que disfruta abriendo las orejas para sentir la belleza que puede haber detrás de una partitura escrita hace dos siglos.

Pero bueno, por contextualizar un poco diré que es una obra compuesta por Piotr Ilich Tchaikovsky en un momento especialmente delicado de su vida, ya que estaba inmerso en una gran depresión fruto de un malogrado matrimonio. Mucha gente no lo sabe, pero Tchaikovsky era homosexual, este hecho que sigue siendo tristemente tabú en muchos aspectos de nuestra (¡Oh!) sociedad moderna, no es difícil imaginar lo que sería en el siglo XIX en un país como Rusia. La composición suscitó muchas valoraciones entre la gente docta de la época del tipo «es una obra imposible de interpretar», «demasiado ornamento y poco contenido», etc.

Con el tiempo, se convirtió en una de las grandes obras para violín y orquesta, considerada además una de las más complejas de interpretar. El romanticismo característico de la obra de Tchaikovsky alcanza aquí una de sus grandes cotas y anoche tuvo una transformación en ondas sonoras por parte de la Orquesta clásica Santa Cecilia y el violín de Vadim Gluzman —yo tampoco le conocía hasta ayer—, uno de los grandes violinistas de nuestro tiempo, quien interpretó la obra del maestro ruso con un Stradivari de 1690, que, curiosamente, perteneció a Leopold Auer, violinista que, paradojas de la historia, rechazó la oferta del propio Tchaikovsky para ser el solista en el estreno del concierto.

 

 

Como suele suceder en el Auditorio, el público es mayoritariamente distinguido. Ya sabéis, señoras con abrigos de piel —que bien podrían meterse por el orto— y perfumadas, con un radio de acción de diez metros; y señores de los de pañuelo y pitillera que caminan con el mentón bien alto. Luego también hay seres terrenales y conversaciones sobre las cosas de la vida que vuelan libremente por el recinto durante los instantes previos.

No sé si ponerme a contar cómo me pasé casi dos horas con el aire contenido y la piel erizada mientras el primer movimiento del concierto arrancaba los aplausos del auditorio cuando lo correcto es esperar al final del tercer movimiento. En ese momento la ovación se alargó durante minutos; y entonces, un respiro y la segunda parte del programa, que comenzó con la obertura y danzas de ‘El cascanueces’, que me llevo a un estado onírico y de regresión a mi infancia, para finalizar con esa magna obra que es la ‘Obertura 1812’, en la que el director parece ser una especie de mesías dirigiendo a la orquesta en un apoteósico final que llevó a una nueva ovación y el posterior murmullo mientras el auditorio se iba vaciando poco a poco… Creo que prefiero deciros, simplemente, que fue algo increíble.

No sé cuándo mi economía y los elementos se alinearán de nuevo para que pueda volver a disfrutar de una experiencia musical así, en un sitio como el Auditorio. Lo que sí quiero decir desde mi pequeña atalaya sensorial que son mis pensamientos ahora mismo, es que no dejéis pasar la oportunidad de acudir a un concierto de música clásica de vez en cuando. No es necesario ser ningún erudito, ni tampoco  ir especialmente perfumado. Además, no tiene porque ser más caro que ir un par de días al cine. Fuera complejos y fuera prejuicios. Los grandes compositores y sus obras son un regalo a la humanidad, no lo dejéis pasar.

 

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Sergio Alarcón
Y ahora si quieren bailar,
busquen otro timbalero.

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