Velocidad

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Cuando murió  mi hermano, yo tenía nueve años y él catorce. Murió de una forma impropia de su juventud. Rápida sí, una vez  establecido el diagnóstico, pero desde el año anterior se había ido apagando, como si por un agujerito microscópico se le escapara la vida. Una tarde de agosto se lo llevaron al hospital y  ya no salió de allí. Recuerdo que ese año el otoño vino muy pronto, que apenas veía a mis padres y que al salir del colegio comía en casa de mi tía y luego  me recogía mi abuela. Apenas le vi dos veces antes de morir, y lo único que se me ocurría decirle en esos momentos era que podía chincharme todo lo que quisiera porque no me iba a chivar, sin embargo ya no le apetecía hacerlo. 

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