Extras

Diego no se dio cuenta el primer año, ni el siguiente, ni siquiera el penúltimo. Quizá alguna cara le resultaba familiar, algún gesto o los colores de los accesorios playeros. Se decía que era normal; los últimos tres años habían veraneado en el mismo pueblo costero. Estas vacaciones, Lidia decidió cambiar de destino y, mientras esperaban a que el semáforo virara a verde para cruzar, Diego reconoció a la niña y después al señor del sombrero y la silla… faltaban algunos, pero sin duda todos los que esperaban con ese aire casual eran los mismos de los años anteriores. Los miró de uno en uno, hasta saludó cuando se cruzaron. Solo obtuvo indiferencia, a lo sumo miradas apresuradas de soslayo.

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